Ana Quiroga: Ese vertiginoso acontecer llamado crisis.

Salud y enfermedad, reflexiones acerca de una histórica batalla

Las crisis, esas complejidades difíciles de definir se manifiestan de mil maneras, aunque siempre conmoviendo a los sujetos y la vida social. En tanto movimiento múltiple, al expandirse, se ramifica y entrelaza de tal modo, que logra penetrar en cada plano, en cada espacio-tiempo de nuestras vidas. Como hitos de la vida social y su impacto subjetivo, las crisis no son homogéneas. Cada una tiene rasgos que las distinguen dándole identidad.

La que hoy nos aflige quizás sea recordada como la de la pandemia del COVID – 19, que se llevó vidas e hizo trastabillar la economía y el sistema mundial.

COVID -19, CORONAVIRUS. ¿Cuánto dicen esos nombres de una enfermedad para muchos mortal? ¿Cuánto dicen del quiebre de la ilusión omnipotente de haber llegado al fin de la historia y al definitivo aplanamiento de los conflictos?

Esta pandemia: ¿Cuánto muestra de la irracionalidad y avaricia de un sistema destructor de personas y hábitats, de la soberbia creencia de que millones de seres humanos son descartables en función de la concentrada riqueza de otros? ¿Cuánto dice del empeño en apoderarse de un planeta que proporciona bienes, pero a la vez nos grita que se muere?

Cada crisis tiene sus particularidades, sin embargo siempre nos herirá con sus armas favoritas: la incertidumbre, la imprevisibilidad de los hechos, la desorganización del ritmo y las formas en que se construye nuestro día a día. El daño que esto implique se expresará en distintas formas de padecimiento psíquico: ansiedad, depresión, soledad, vivencia de estar hoy a merced de los acontecimientos y ante un futuro catastrófico.

Cuanto más nos envuelva ese relato y nos aislemos en nuestros miedos, más frágiles y solitarios transitaremos ese momento en que todo parece volverse inédito, desconocido, y ante el que por momentos nos sentimos inermes. Perdidos en el desierto. Sin embargo, ese es el espejismo; el del desierto, la soledad, la impotencia como lo inevitable.

Al lado nuestro, aunque el COVID -19 no nos deje tocarnos, caminan muchos otros ¿quiénes son? ¿compañeros?, ¿enemigos?, ¿extraños?

La historia nos dice que esa definición depende de nosotros, de cada uno de nosotros, de nuestra capacidad de encuentro, de reconocer en el otro un semejante, de identificarnos.

Depende también del ir a los hechos, de no paralizarnos o abroquelarnos en las fantasías. Aunque estas circulen a través del rumor, que suele incrementar el miedo. El rumor soporta la fantasía, la pone en el centro de la escena, opacando la realidad. Que decir hoy de ese obstáculo en el conocer, en la era de las fake news, la posverdad y el inmenso poder de los medios concentrados?

¿Cómo comienza la percepción de una crisis?

Al principio solo registramos signos aislados. Ellos están en nuestros haceres. En matices de nuestras relaciones. En modalidades a veces mínimas, a veces más impactantes de cambios inesperados.

Por momentos pareciera la invasión de seres desconocidos, en un mundo que comienza a resultarnos extraño. Dónde están aquellos gestos, aquellas instaladas costumbres que hacían para nosotros que nuestro mundo, bueno o malo, fuera definitivamente» el mundo».

No solo la salida del sol o su puesta nos dicen si el día ha comenzado o ya termina… lo hacen también los rituales. Aquellos que nos instalan en lo más insignificante o en lo más deseado. En nuestro posible refugio.

Ese universo, tal como lo experimentamos, nos confirma en nuestra existencia. Eso se vive tanto desde el lujo obsceno hasta la dura rutina del cartoneo. El sin techo no solo se siente hambriento, sino también profundamente extraño y desesperado cuando abandona su tarea de hurgar los tachos, porque ya no hay ni sobras.

Esa silenciosa adjudicación de identidad, lo cotidiano lo cumple con más potencia que la filosofía, la religión, la ciencia. En ese silencio dice de nosotros mismos, de los otros, de aquello que llamamos: ser, realidad. Del necesitado «aquello» de lo que somos parte.

Ese dar y recibir sentido. Ese conocer y planificar que nos humaniza, nos otorga el poder y el orgullo de sentirnos sujetos, actores, protagonistas. ¿Nos engañan? En alguna medida sí, pero no del todo. ¿Qué ocurre cuando se redimensionan esos signos mínimos que marcaban el inicio de una crisis?

Súbitamente todo se desestructura, lo previsible se convierte en lo contrario. No sabemos ya del poder, ya no anticiparemos un futuro que tal vez creímos propio, como especie y como personas. El orgullo, las certezas y el poder, dejan lugar al miedo, y para algunos a una miserable actitud de huida y refugio en la soberbia y el propio mundo. Tras esa mascara quizás ya no hay nada que no sea terror.

¿Qué ha pasado en ese mundo, en esa sociedad? Ha estallado una crisis, y esa crisis que nos parecía inexistente, o silenciosa. Al estallar podría dejarnos inermes, rotos por dentro o aplastados desde afuera, desamparados.

En esas vivencias, en ese sentimiento de soledad e insignificancia puede comenzar la verdadera batalla por el cambio. La conquista de un nuevo plano de lo humano, otra dimensión de aprendizaje

En nosotros, las crisis no se tratan sólo de miedo. Por el contrario, nos movemos en un terreno en el que casi sin saberlo, se gestó nuestra vida y dimos todos esos grandes pasos. Que nos trajeron hasta aquí. Hasta el terreno de las crisis. No han desaparecido ni el dolor, ni la incomprensión ni el miedo que puede ser pánico, ni el sufrimiento que paraliza.

Si nos quedáramos allí estaríamos perdidos, pero cada uno de nosotros, los grupos y los pueblos sabemos transitar ese camino, lo hemos hecho muchas veces. Así aprendimos que puede haber enemigos y ejércitos invisibles, que nos hieren y a veces nos derrotan. Pero también están las fortalezas propias, las que se dan en el encuentro con el otro, en el vínculo, en la hermandad del compadecer, el proteger, el luchar, el aprender de la experiencia, el ser con otros y reconocernos como semejantes.

Ese triunfo, que no es un camino sin derrotas, es a la vez resultado y causa de la construcción personal y social de salud. La salud, como forma de relación sujeto- mundo, es un proceso colectivo siempre en obra, siempre en movimiento. La dirección de ese proceso, su sentido podrá ser la construcción y desarrollo de la vida o, por el contrario, su deterioro y daño.

Lo hemos planteado hace ya muchos años y continuamos pensándolo: la salud como batalla, como contradicción, está presente en todas las instituciones de la vida social, la familia, el trabajo, la justicia, la sexualidad, la política. Por ello decimos que es un hacer y deshacer de la vida social del que ninguno de nosotros está excluido, que no tiene por dueño ni a un grupo ni a una clase.

Nos pertenece a todos en tanto nos asumamos como sujetos sociales de poder. Así lo hicieron los trabajadores desocupados, en la crisis del 2001, en nuestro país. No sin costo ni lucha salieron de la depresión y victimización y tomaron fuerte protagonismo en la vida política y social de Argentina. Madres y padres de hijos desnutridos, se movilizaron bajo la consigna «tomemos la lucha por la salud en nuestras manos».

Así surgieron y se desempeñaron nuevos roles y tareas, que pusieron en marcha a la comunidad. Esto se dio desde el conocimiento de sus necesidades y el desarrollo de sus propias fuerzas. Con la colaboración y el acompañamiento de integrantes de distintas áreas de la salud.

Ese posicionamiento marcó un camino que recorren hoy los movimientos sociales, los jóvenes y mujeres organizados para ayudar a superar esta situación a los que más lo necesitan por la emergencia en la que transcurren sus vidas.

Ese asumirnos como sujetos de poder, esa forma de posicionarnos en lo cotidiano, de desocultar sus cimientos implica a su vez una crisis pero es una de las batallas que le dan sentido a la vida y a la historia.

Ana Quiroga